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  • Felicitas Guerrero Libro

Previo al gran día

Fragmento de la escena



"Previo al gran día"

.....

El vestido relucía en el cuerpo de Felicitas.

–Pareces una diosa inmaculada –le dijo su madre tomándola de los hombros y acariciándole el rostro.

Las dos se miraron y guardaron un silencio conmovedor.

En minutos Catalina volvió con Ángela y el perro jadeante.

–Mi niña está hermosa. Parece caída del cielo –fantaseó la nana.

–Tal vez mañana consiga novio –sonrió doña Guerrero.

–No, es muy pronto para eso –opinó la quinceañera.

Albina sonreía feliz. Ángela, entonces, puso en sus manos un pequeño obsequio y puntualizó entregándole un colgante:

–Niña Felicitas, mi madre le hizo esto. Ella dice que la protegerá.

La quinceañera lo recibió y lo agradeció. Observó en detalle el amuleto: un hermoso cristal violeta engarzado en una canastilla de cuero y sostenido por un cordón.

–¿Qué piedra es, Ángela?

–Mi madre eligió una amatista –explicó la nana–. Si le hacen un mal, la piedra ha de convertirlo en bien.

Felicitas, feliz, besó la mejilla húmeda de la mestiza, que la vio convertirse de niña en señorita.

Esa noche la cena fue especial, con clima de fiesta en la casa. Felicitas se llevó temprano el postre a su cuarto. Deseaba estar un rato a solas para contemplar el vestido y sus fantasías juveniles. Recostada en la cama, con Jack como custodio, soñaba con el galante caballero que describía en su diario. Puso el tintero en el piso y comenzó a escribir deseando que todo saliera bien en el baile, mientras su mejor amigo la observada con su mirada de miel.

En su mente adolescente fresca y vital sucedían los “enamorarse”. Valientes, apuestos y galantes caballeros concurrían a salvarla en plena noche. Y ella, de alguno, se enamoraría…


Mientras la quinceañera escribía acariciaba a su perro. Ella dejaba su interior en el diario: contaba ocasiones felices y otras no tanto. Comenzó a plasmar en él desde el primer gran enfrentamiento con su padre. Algunos años atrás influenciada por la personalidad del amigo de la familia, don Bernabé Demaría, se le ocurrió continuar sus estudios. Demaría, erudito en artes, leyes y letras visitaba la casa con frecuencia con su hijo Cristián, tres años menor que Felicitas. Don Bernabé tenía gran afinidad con la niña, había descubierto su perspicaz inteligencia, su vasta memoria, su mente inquisidora y su profunda capacidad de razonamiento. Le prestaba libros que luego comentaban juntos, amén de la apreciación de sus cuadros pictóricos y de otras obras.

Así Felicitas comenzó a abrigar la idea de acceder a una educación superior. Pensó durante un tiempo en cómo manifestárselo a su padre. Una mañana de domingo, mientras él leía el periódico, lo hizo. La cara de Carlos se endureció ante semejante ocurrencia. Le contestó terminante con un ¡No! La niña le rogó argumentando:

“Me aburro todo el día en la casa. Además de bordar y leer, puedo estudiar. Aunque sea con un profesor en nuestro hogar. No quiero ser como todas las jovencitas de mi edad: sumisas, ignorantes y frívolas”.

Fue peor. Guerrero volvió a negarse, sin ningún fundamento cerró allí mismo la conversación y no le dio ninguna esperanza. Ni siquiera lo consultó con su esposa, como le pidió Felicitas. Ella, llorando, rebelada y llena de ira, lo increpó:

–Esto no es justo ¿No soy una buena hija acaso? ¿¡Qué!? ¿Debo ser varón para estudiar? La tía Tránsito me ha contado que en Francia algunas mujeres van a la Universidad.

Carlos la hizo callar y amenazó con darle una tunda si no terminaba ahí el tema. Por último la sentenció:

–¡Coño! Si no desechas ahora mismo esa loca idea, te enviaré a una Casa de Ejercicios, así las monjas te enderezarán con un poco de disciplina ¡Tú verás! Ella corrió a su refugio.

Allí mismo se desahogó en el diario.

Por supuesto, al enterarse don Bernabé trató de interceder con el español que, egoístamente, cerró el tema con un: “Hay otros planes para ella”.


¿No era que le daría todo lo que Felicitas quisiera?


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